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Publicado el 23 de marzo del 2025

Auto explotación y cansancio, la fábrica que llevamos dentro

Por Alejandro Arros Aravena
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Hay quienes ya no necesitan jefes para sentirse vigilados. Tampoco relojes de fichaje ni castigos evidentes. Basta con una pantalla encendida, una meta autoimpuesta, una sensación de deuda constante consigo mismo. Es el síntoma de época: la autoexplotación. Trabajamos más allá de los márgenes razonables, no por imposición externa, sino porque el mandato se ha interiorizado. Somos emprendedores de nuestra fatiga, gerentes de nuestra angustia, víctimas y verdugos de una lógica que premia el rendimiento, aunque lo que rinda sea la propia salud.

La literatura ha sido prolífica en este sentido, filósofos, sociólogos e historiadores se han hecho un festín con esta nueva realidad, algunos de ellos como el filósofo coreano alemán, Byung-Chul Han, en su breve pero punzante obra La sociedad del cansancio, advierte que hemos transitado desde una sociedad disciplinaria –de prohibiciones y normas explícitas– a una sociedad de rendimiento, donde el sujeto se cree libre, pero es esclavo de su propio impulso de productividad. «El sujeto de rendimiento se explota a sí mismo y cree que se está realizando», escribe Han. Esa forma de autoexplotación, al ser voluntaria, no genera resistencia. Al contrario, se presenta como libertad. Y en nombre de esa supuesta libertad se sacrifican fines personales, vínculos afectivos, tiempo para pensar o simplemente para descansar.

En la universidad, esto se multiplica. Estudiantes y académicos conviven con una cultura del agotamiento legitimado. Se valora más al que duerme menos, al que entrega antes, al que revisa trabajos de madrugada. Una especie de martirologio académico se ha instalado, donde el cansancio es símbolo de compromiso y no de desbalance. Se aplaude al docente que responde correos a medianoche, al estudiante que arrastra sus ojeras con orgullo, como si el cuerpo fuera una máquina programada para no colapsar jamás.

Sin embargo, la maquinaria falla. Porque no somos algoritmos ni flujos de datos: somos cuerpo, somos mente, somos emoción. La necropolítica neoliberal –concepto desarrollado por Achille Mbembe– no necesita eliminar cuerpos por la fuerza: basta con dejarlos al margen, explotarlos hasta el agotamiento, excluirlos del goce y del tiempo libre. Hoy, los cuerpos que no producen, que no “aportan”, son considerados sobrantes. La autoexplotación se convierte así en una forma de necropolítica dulce, donde el abandono es revestido de mérito y el desgaste es disfrazado de vocación.

En Empatía radical, Clara Valverde nos invita a un acto profundamente político: escuchar y reconocer el sufrimiento del otro. No se trata de lástima ni de gestos simbólicos, sino de asumir el dolor social como algo estructural. El burnout, la fatiga crónica, la ansiedad generalizada, no son síntomas individuales: son efectos colectivos de una lógica que devora la subjetividad. La empatía radical es entonces una forma de resistencia: mirar al que cae, detenerse a preguntar, dejar de correr por unos minutos. Valverde habla de construir redes que sanen, no que demanden más esfuerzo.

Pero esa sensibilidad ha sido suplantada por otra narrativa: la del realismo capitalista. Mark Fisher señala que esta es la idea profundamente instalada de que no hay alternativa al sistema actual. La frase “es lo que hay” se ha vuelto un mantra. Lo normal es estar estresado, lo esperado es estar disponible siempre. La fatiga se ha naturalizado al punto de parecer inevitable. Fisher lo denuncia: el capitalismo ha colonizado incluso la imaginación. Y cuando no podemos imaginar otra forma de vida, tampoco podemos desearla.

Lo vemos en la academia, donde la precariedad se ha vuelto estructural. El joven investigador que enlaza proyectos, becas y suplencias sin certeza futura. La profesora que, entre clases, informes y publicaciones, olvida el nombre de sus hijos. El estudiante que trabaja de noche para estudiar de día. Todos ellos viven en modo de supervivencia. Eric Sadin, en La humanidad aumentada, advierte cómo la tecnología, lejos de liberar al sujeto, ha ampliado los mecanismos de control y autoexigencia. Ahora no solo trabajamos, sino que debemos optimizar cada aspecto de nuestra vida: desde la alimentación hasta la productividad cognitiva. Y cuando fallamos –porque fallamos, porque somos humanos– el sistema no ofrece consuelo, sino más métricas, más evaluaciones, más algoritmos de mejora.

¿Qué queda frente a esto? Tal vez, detenernos. Volver a mirar el rostro del otro sin prisa. Reconocer que no todo debe ser evaluado, medido, cuantificado. Que existe un valor en el descanso, en el aburrimiento, en la lentitud. No todo aprendizaje es inmediato ni todo conocimiento puede ser demostrado en una rúbrica. Recuperar la ternura en medio del agobio también es un acto político.

Hoy, más que nunca, la universidad –y la vida en general– necesita de una nueva ética del cuidado. Cuidado de sí, pero también del otro. No en clave asistencialista ni romántica, sino como resistencia activa frente a un sistema que celebra la hiperactividad y desprecia la fragilidad. La autoexplotación no es un problema individual: es el resultado de una estructura que nos ha convencido de que siempre podemos más. Pero no siempre podemos. Y está bien no poder.

Quizás el gesto más radical sea decir que basta. Que no respondemos correos un domingo. Que no se evalúa más allá del horario laboral. Que el conocimiento no se gesta en la prisa, sino en el tiempo largo, en el pensamiento compartido, en el cuerpo que descansa.

Quizás el gesto más político hoy sea cuidar nuestra salud mental sin culpa, asumir que no queremos ser engranajes eficientes, sino personas completas.

O como escribió Fisher, poco antes de morir: “La pregunta no es si el sistema funcionará sin ti, sino si tú puedes funcionar dentro del sistema”.

Alejandro Arros Aravena

Alejandro Arros Aravena Director Depto. de Comunicación Visual UBB

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