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Publicado el 02 de marzo del 2026

Mirar lo que mira el otro: la semiótica y el seguimiento ocular

Por Alejandro Arros Aravena
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La semiótica, ese campo que desbroza el espesor de los signos, ha transitado durante siglos entre las formas, los gestos, las palabras y las imágenes. Nacida como una ciencia de lo invisible, pues no se detiene en la cosa sino en su representación, ha sido fundamental para comprender cómo construimos sentido, cómo leemos el mundo y cómo este mundo nos interpela en su dimensión simbólica. En esa búsqueda por descifrar los códigos que configuran la experiencia humana, la semiótica ha encontrado un aliado tecnológico formidable: el seguimiento ocular.

El eye tracking, en su acepción más simple, permite registrar con precisión qué partes de una imagen, texto o interfaz visual son observadas por un sujeto, en qué orden, por cuánto tiempo y con qué intensidad. Pero no se trata solo de una herramienta técnica. En manos de un semiólogo, el seguimiento ocular se transforma en un instrumento epistemológico que permite observar no solo el objeto del sentido, sino también el proceso mismo de la significación. Es, si se quiere, una cartografía de la mirada en acto.

La semiótica clásica, de raíces saussureanas, peirceanas y greimasianas, ha privilegiado el estudio estructural del signo: sus niveles de articulación, sus relaciones paradigmáticas y sintagmáticas, sus lógicas de codificación. No obstante, en el mundo contemporáneo, donde las imágenes se desplazan a velocidad digital, esta aproximación ha debido abrirse al dinamismo perceptivo y cognitivo.

Ya no basta con analizar qué signos componen una imagen o cómo se estructuran en términos discursivos. La pregunta que cobra urgencia es: ¿dónde se detiene la mirada?, ¿qué parte de la imagen activa una emoción, una decisión, una interpretación?

Allí es donde el seguimiento ocular irrumpe como un lenguaje técnico que dialoga con la teoría. Al medir las fijaciones, las sacadas oculares y los patrones de atención, no solo obtenemos datos cuantitativos, sino que penetramos el proceso de lectura semiótica que realiza un sujeto. Vemos cómo una imagen no es leída linealmente, sino que es escaneada, explorada, interpretada en múltiples direcciones, a veces de forma inconsciente.

En términos metodológicos, el seguimiento ocular ofrece algo que la semiótica intuía, pero no podía verificar: la secuencia real del sentido. Los mapas de calor (heatmaps), los gráficos de recorridos (scanpaths) y las tasas de fijación permiten identificar zonas de mayor carga significativa, no por imposición teórica, sino por constatación empírica.

Por ejemplo, en el análisis de un cartel político, podríamos asumir que el rostro del candidato es el elemento dominante. Sin embargo, solo al observar las fijaciones oculares podemos confirmar si los ojos se posan en el rostro, en el nombre, en el logo del partido o incluso en elementos marginales que distraen la atención. La convergencia entre estructura simbólica y comportamiento visual redefine así el estatuto mismo del signo.

El seguimiento ocular permite inaugurar lo que podríamos llamar una semiótica ocular, es decir, un enfoque que no se queda en los niveles de codificación abstracta, sino que incorpora la dimensión corpórea y sensorial de la lectura de signos. En esta semiótica encarnada, el sujeto no es solo un descifrador de códigos, sino un cuerpo que mira, que se detiene, que se pierde o se conmueve frente a un estímulo visual.

La mirada, como ya señalaban diversos autores, no es neutra. Está cargada de historia, de género, de ideología, de deseo. El seguimiento ocular, en tanto herramienta sensible, nos entrega huellas visibles de estos recorridos invisibles. Nos permite ver cómo lo simbólico se ancla en la fisiología, cómo el pensamiento se entrelaza con la percepción.

Pero el impacto de esta convergencia no se limita al análisis visual. En el ámbito del aprendizaje, la semiótica y el seguimiento ocular están generando nuevas formas de entender cómo leemos, cómo aprendemos y cómo interpretamos.

Por ejemplo, en estudios sobre lectura digital, se ha observado que los estudiantes no siguen el patrón lineal tradicional, sino que escanean los textos de forma fragmentada. El seguimiento ocular permite detectar dónde se pierde la atención, qué zonas generan confusión, y qué elementos ayudan a retener la información. Esto abre una ventana metodológica para rediseñar materiales pedagógicos desde una lógica semiótica-visual.

Del mismo modo, en contextos de alfabetización visual, el eye tracking permite verificar si los estudiantes comprenden lo que ven, o si simplemente lo observan sin decodificarlo. ¿Dónde se detienen? ¿Qué interpretan como área de interés? ¿Qué signos ignoran o malinterpretan?

Esto es clave para enseñar a mirar, una habilidad crítica en tiempos donde la imagen reina, pero el pensamiento visual no siempre se cultiva. Aquí, la semiótica deja de ser una disciplina abstracta para convertirse en una pedagogía del sentido, capaz de nutrirse de la tecnología sin perder su espesor teórico.

 En suma, la articulación entre semiótica y seguimiento ocular no es simplemente una suma entre teoría y técnica. Es la posibilidad de pensar una ciencia del signo en movimiento, capaz de observar no solo lo que se representa, sino cómo esa representación se lee, se desea, se construye en la experiencia sensible.

En contextos saturados de estímulos, como redes sociales, publicidad política, medios digitales, esta alianza permite decantar lo esencial de lo superfluo, el signo activo del ruido de fondo. La semiótica no renuncia a su profundidad, pero encuentra en el eye tracking una brújula para navegar el mar vertiginoso de la imagen contemporánea.

Y quizás, lo más relevante: nos enseña que ver no es simplemente mirar, sino construir sentido con la mirada. Y que cada signo que decodificamos con los ojos es también una forma de pensar el mundo, de habitarlo, y de transformarlo.

Alejandro Arros Aravena

Alejandro Arros Aravena Director Depto. de Comunicación Visual UBB

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