Una de las persistencias en el devenir educativo del país, ha sido condicionar su desarrollo a la importación de modelos pedagógicos foráneos. Desde los albores de la república, las élites gobernantes y sus intelectuales han visto con admiración las prácticas educativas e idearios formativos de estados anglosajones y de la Europa central.
En el despliegue de esta recurrencia histórica se produjo, hacia fines del siglo XIX, un giro de referente educativo por el que se transitó del modelo francés a otro de origen germano. Por reforma educacional de 1883, se introdujeron las ideas educativas y métodos de enseñanza promovidas por el pedagogo alemán, Friedrich Herbart. Esta reforma, liderada por el educacionista José Abelardo Núñez, promovió cambios en la enseñanza escolar y en la formación del profesorado chileno, que se preparaba en las Escuelas Normales (maestras/os primarios) y en el Instituto Pedagógico (profesores de Liceos).
La reforma educativa consideró la contratación de pedagogos germanos, para que regentaran y enseñaran en los establecimientos creados a la época. Así, en el momento fundacional de la Escuela Normal de Chillán, la dirección fue encargada al pedagogo alemán Julio Bergter a quien correspondió inaugurar el establecimiento, en abril de 1888. Fue apoyado en la labor educativa inicial por pedagogos como Gaspar Moll, Walterio Konther, Nicetas Krziwan y otros que se fueron incorporando posteriormente.
Estos educadores serán los encargados de preparar en los nuevos métodos de la pedagogía científica, como se le denominó por entonces, además de modelar con rigor las fases y procedimientos que el sistema de enseñanza exigía. Como indica Amanda Labarca en su Historia de la Enseñanza en Chile, estos profesores introducen “la didáctica herbatiana, la lección razonada y psicológicamente conducida a través de sus diversas etapas”, dejando atrás la representación del docente como controlador de lecciones de un texto. Pero el influjo teutón no solo provino de los educadores contratados, sino también de los maestros normalistas chilenos que fueron enviados a perfeccionarse a Alemania. Entre ellos, los directores de la institución que sucedieron a Bergter, José Tadeo Sepúlveda (1889-1894) y Juan Madrid Azolas (1894-1921), quienes se formaron en los preceptos herbartianos en el Seminario Real de maestros de Dresden y, en su destinación a Ñuble, aportaron a la organización y prestigio de la Normal chillaneja.
No obstante, el cambio de siglo produjo críticas a la proyección de la pedagogía alemana, pues comenzó a discutirse la pertinencia de sus métodos de enseñanza, sus prácticas disciplinarias (castigos corporales), el idioma de sus preceptos, asuntos que para algunos ensayistas iban en contra de la tradición educativa nacional. Las voces mayoritarias reclamaron que los chilenos debían ser educados por chilenos y, con apariencia de firmeza, cuestionaron el “embrujamiento alemán” y su modelo educativo.
Más allá de las controversias de su tiempo, con justicia se debe reconocer los aportes de esta pedagogía al ideario educativo chileno. También, su contribución a la profesionalización docente en el país y sus huellas formativas en las diversas regiones en las que se desplegó. En aquello, Ñuble y su entorno educativo constituye un vital ejemplo.