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Publicado el 06 de marzo del 2026

Y otra vez, marzo.

Por Sebastián Maureira Meneses
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La llegada de marzo tiene algo de rito iniciático. Se acaban las vacaciones, vuelven los tacos, los uniformes escolares, se reactivan grupos de WhatsApp, junto a gastos propios de este mes. Con todo ello, no son pocos quienes viven la llegada de marzo como una cuesta arriba emocional. Y no porque volver al trabajo o al estudio sea insufrible, sino porque a veces se nos escapa la pregunta más básica: ¿para qué hago lo que hago?

Aquí es útil recordar el célebre mito de Sísifo, condenado a empujar una roca montaña arriba solo para verla rodar nuevamente al punto inicial, repitiendo eternamente la tarea. En este escenario, la reflexión de Albert Camus invita a asumir la aparente absurdidad de la rutina y, aun así, decidir dotarla de sentido. Cuando marzo se vive como una condena, el malestar no proviene solo del cansancio, sino de la desconexión entre nuestras acciones diarias y aquello que consideramos valioso.

La evidencia contemporánea en bienestar y salud mental muestra que el sentido importa. No es un lujo ni una abstracción filosófica, es un recurso psicológico. Percibir que nuestro trabajo contribuye a algo protege frente al desgaste emocional y fortalece la motivación. En contextos de alta demanda, como educación, salud, cuidados o servicios, esta conexión con el propósito funciona casi como un sistema inmunológico psicológico.

Pero el sentido, por sí solo, no reemplaza el descanso. Y aquí conviene ir más allá de la intuición popular, no basta con “salir de la oficina” para recuperarse. La clave está en cómo utilizamos el tiempo posterior al trabajo. Actividades que permitan desconectarnos mentalmente, aprender algo nuevo, tener un hobby o experimentar emociones positivas son fundamentales para restaurar energía.

En términos simples, somos baterías recargables. Y marzo, con su intensidad, suele exigirnos como si esa batería fuera infinita. Cuando no existen espacios diarios de recarga, comenzamos a funcionar en una especie de modo ahorro de energía, con menos paciencia y mayor irritabilidad. En ese escenario, cualquier piedra parece más pesada que la de Sísifo.

La buena noticia es que recargar esa batería no requiere vacaciones permanentes en el Caribe. Implica decisiones pequeñas y consistentes: dejar de revisar constantemente el celular, retomar un pasatiempo, conversar sin apuro, hacer ejercicio, leer por placer, dormir bien, abrazar a un ser querido o jugar con una mascota. Son actos simples, pero psicológicamente poderosos. No eliminan las exigencias del día a día, pero cambian nuestra capacidad para enfrentarlas.

Marzo no tiene por qué ser el mes del martirio. Puede ser el mes de la intención. Volver al trabajo o a clases con la pregunta por el sentido ¿qué aporta esto a mi vida y a la de otros?, y con el compromiso de cuidar nuestra batería diariamente. Empujar la roca seguirá siendo parte de la condición humana, la diferencia está en si lo hacemos como condena o como una elección consciente con propósito.

Descripción

Sebastián Maureira Meneses

Académico Escuela de Psicología e Integrante Grupo de Investigación GeCO de la Universidad del Bío-Bío

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