Ca d a s e p t i e m b re, Chile cambia de apariencia. Las calles se llenan de banderas, las vitrinas repiten el blanco, el azul y el rojo, y muchas personas llevan esos mismos colores en poleras, vestidos, chaquetas, sombreros o pequeños adornos.
Durante algunos días, el país parece vestirse de sí mismo. Ese gesto puede parecer trivial, una costumbre estacional asociada a las Fiestas Patrias, pero contiene una operación visual más profunda. La patria, que en términos jurídicos es una abstracción, adquiere cuerpo mediante imágenes que se repiten hasta volverse familiares. Los colores nacionales abandonan el mástil y pasan al cuerpo, a la fachada de una casa, al automóvil y a la plaza. La identidad se hace visible.
Marshall McLuhan ofrece una entrada sugerente para comprender este fenómeno. En su texto, Comprender los medios de comunicación, definió la vestimenta como una extensión de la piel. La ropa protege, pero también comunica y organiza nuestra relación con los demás.
En este sentido literal, usar el tricolor durante septiembre constituye entonces algo más que cubrir el cuerpo. La persona incorpora un signo colectivo y convierte su superficie en soporte de representación nacional.
Por algunos días, la piel social se llena de estrellas, escarapelas y colores aprendidos desde la infancia. La bandera deja de ser solamente un símbolo situado a distancia y comienza a circular sobre nosotros.
Brigitte Felderer lleva esa relación entre cuerpo y entorno a otra escala cuando sostiene que la ciudad es para nosotros una segunda piel. La frase resulta especialmente fértil durante estas fechas.
Si el vestido cubre el cuerpo, la ciudad vestida de banderas cubre simbólicamente a quienes la habitan. Caminamos dentro de una superficie visual que insiste en recordarnos dónde estamos y a qué comunidad pertenecemos.
Gastón Bachelard ayuda a comprender por qué esa atmósfera moviliza recuerdos. En La poética del espacio, la casa aparece como un cuerpo de imágenes capaz de reunir memoria e intimidad.
Los lugares habitados permanecen en nosotros porque se cargan de afectos. Algo semejante ocurre, en otra escala, con el país imaginado desde sus escenas habituales. La fonda, la ramada, el volantín, la empanada y la bandera frente a la casa forman parte de un guión aprendido que reaparece cada año. La nación termina siendo recordada mediante imágenes antes que mediante definiciones.
Ese proceso ocurre en el espacio compartido. Manuel Delgado ha insistido en que el espacio público no puede reducirse al vacío entre edificios ni imaginarse como escenario neutro. Es un territorio producido por usos, desplazamientos, encuentros y relaciones de poder. En septiembre esa dimensión resulta evidente.
Plazas, calles y fachadas reciben una capa visual que propone una determinada imagen de comunidad. La ciudad parece decir que, por unos días, todos pertenecemos al mismo relato. Delgado advierte, que el espacio público puede funcionar como construcción ideológica cuando presenta una convivencia armónica y deja fuera las desigualdades reales. El tricolor puede unir visualmente una calle, pero las diferencias sociales continúan detrás de cada fachada.
En ello, el cine chileno ofrece una forma más compleja de pensar la identidad. Una película produce sentido patrio sin hablar de patriotismo. Julio comienza en Julio, de Silvio Caiozzi, reconstruye el mundo del latifundio y las relaciones de dominio de una antigua clase terrateniente. La crítica ha destacado su capacidad para instalar en el imaginario nacional un campo marcado por jerarquías, rituales y paternalismo. Allí hay una observación del poder, la masculinidad y la vida rural. Sin embargo, sus interiores, vestuarios, paisajes y modos de hablar terminaron formando parte de nuestra memoria visual.
Algo parecido ocurre con Uno que ha sido marino y El gran circo Chamorro, ambas dirigidas por José Bohr y vinculadas a Eugenio Retes. La crítica de la época vio en Uno que ha sido marino un personaje autóctono reconocible y en El gran circo Chamorro una película auténticamente nacional por su humor, su lenguaje y la presencia del llamado roto chileno. Sus personajes fracasan, improvisan, hacen bromas y buscan salir adelante. Lo patrio aparece en la conducta cotidiana y en la forma de hablar.
El caso más potente quizá sea El chacal de Nahueltoro, de Miguel Littin. En 2016, una encuesta de CineChile entre críticos, cineastas, académicos, actores e investigadores, la ubicó en el primer lugar de las cincuenta mejores películas chilenas. Su importancia proviene precisamente de aquello que incomoda. La película toma un hecho criminal y lo convierte en una reflexión sobre marginalidad, pobreza campesina, educación y sistema judicial.
Alicia Vega destacó que la incorporación de un marginado social permitió mostrar rasgos de identidad nacional que el cine anterior rara vez había puesto en primer plano. La paradoja es notable. Una película que denuncia las fallas de la sociedad chilena puede decir más sobre Chile que muchas representaciones destinadas a exaltarlo.
Tal vez allí se encuentre una clave. La identidad nacional no surge únicamente de aquello que admiramos de nosotros mismos. También se construye con aquello que nos cuesta mirar. El cine ha conservado hacendados, campesinos, circos pobres, marineros, prostíbulos, tribunales, fundos y ciudades. Ha preservado voces y cuerpos que forman parte del archivo visual del país. Esas imágenes regresan, incluso cuando las películas nunca buscaron convertirse en emblemas nacionales.
Vestirse de tricolor puede ser leído entonces como algo más que una ornamentación. Cada septiembre ponemos sobre el cuerpo una imagen aprendida y la llevamos hacia el espacio público. La ciudad se convierte en otra superficie de esa misma operación. La patria puede que sea precisamente eso, una imagen que nunca termina de fijarse.
Durante septiembre la envolvemos en tres colores y creemos reconocerla de inmediato. Después aparecen las películas, los recuerdos, las familias, los paisajes y las diferencias, y esa imagen vuelve a abrirse. El tricolor nos entrega una forma común y el cine introduce las grietas que la vuelven verdadera. Entre ambas superficies se construye una identidad menos solemne y, probablemente, mucho más chilena.