En uno de sus escritos Domingo F. Sarmiento, el primer director de la Escuela Normal del país (1842), exponía con orgullo lo que había desarrollado en la escuela madre de los pedagogos primarios, refiriéndose a estos maestros como “jóvenes distinguidos que han hecho una profesión religiosa de la enseñanza, i prometen a Chile nuevos i más seguros progresos en la carrera de la civilización”. Décadas posteriores, Valentín Letelier el creador del Instituto Pedagógico (1889), el centro formador de profesores de los liceos de la república, expresaba que estos educadores “forman en realidad una fuerza moral que, por su propia virtud, está destinada en Chile, como en todo pueblo culto, a contrarrestar y suplantar las influencias reaccionarias”.
Ambas institucionalidades formadoras, las Normales y el Pedagógico, fueron modelos de preparación docente para Latinoamérica y otras latitudes, siendo muchos de sus egresados pensadores claves en el desarrollo del siglo XX chileno, como Darío Salas, Enrique Molina, Amanda Labarca, Pedro Aguirre Cerda, Nicanor Parra, entre otros. Por cierto, eran tiempos en que la escuela poseía, casi por pacto de unanimidad, un valor social indiscutible en la formación de las y los ciudadanos de la república; y al profesorado se le reconocía por su rigurosa preparación, su función social colaborativa con las comunidades, además de su compromiso con la convivencia democrática y justicia social.
Sin embargo, la trayectoria formativa del profesorado chileno será truncada por la dictadura y el estatus docente degradado, para asimilarlo a un nivel técnico. Por decreto de marzo de 1974, se ordenó el cierre de las escuelas normales y, posteriormente, en 1981, se desarticuló el Instituto Pedagógico. Aquellos serán tiempos oscuros para el magisterio, pues unido al constreñimiento institucional se produjo una profunda desvalorización del quehacer docente, al punto que su formación fue llevada a institutos técnicos.
Con el regreso de la democracia, se fue construyendo consenso sobre la importancia de elevar el estándar de formación, de establecer mecanismos de acreditación y evaluación, de mejorar las condiciones de desempeño, entre otras dimensiones que hoy se encuentran reglamentadas en la ley de desarrollo profesional docente (Ley 20.903). Como resultado de esta y otras disposiciones, la profesión docente es en la actualidad una actividad fuertemente regulada en su formación, ejercicio y progresión en la carrera.
La finalidad de esta ligera síntesis del devenir profesional del profesorado, es advertir sobre una peligrosa relación de convergencia discursiva entre el gobierno dictatorial y el actual régimen de ultraderecha, respecto del estatus docente. Aquello, a propósito de los dichos de la Ministra de Ciencia, quien en un afán por visualizar oportunidades laborales para los docentes de humanidades expresó que, “los profesores también tienen mucha oportunidad de convertirse en vendedores o servicio al cliente”. Esta expresión puede dar para muchas lecturas, pero que menoscaba al magisterio en su aporte histórico a la educación nacional y a quienes formamos a los futuros docentes, de eso qué duda cabe. Esperemos que el desafío por la enseñanza en las aulas sea más atractivo que las “bondades” del mercado tecnológico.