+56-413111200 / +56-422463000 ubb@ubiobio.cl
Publicado el 23 de marzo del 2026

Entre luces y errores la mirada se desgasta mientras conducimos

Por Alejandro Arros Aravena
Escuchar noticia

Conducir no es solo mover un vehículo. Es mantener una negociación visual constante con el entorno. Cada segundo exige seleccionar, descartar y anticipar. El volante parece ir en las manos, pero una parte decisiva del trayecto ocurre en los ojos. Allí se distribuye la atención entre luces, peatones, automóviles, cruces, señales y movimientos inesperados. Cuando el paisaje urbano se llena de estímulos y cuando además aparecen conductores imprudentes, esa negociación se vuelve más costosa. No solo aumenta el riesgo, también aumenta el desgaste visual y mental.

Los estudios recientes en percepción visual y conducción permiten comprender este fenómeno con mayor precisión. La evidencia indica que conducir depende en gran medida de la capacidad de percibir el movimiento y detectar amenazas en escenas complejas. No basta con ver, hay que ver a tiempo. En investigaciones sobre visibilidad de riesgos, especialmente en conducción nocturna, se ha observado que quienes presentan menor sensibilidad al movimiento reaccionan más lento frente a peligros como peatones, ciclistas u otros vehículos. Este retraso no es trivial. Es la diferencia entre frenar a tiempo o no hacerlo

La noche intensifica este problema. Las condiciones de iluminación reducen la información disponible y obligan al sistema visual a trabajar con menor contraste. En ese escenario, detectar un peatón o un objeto en movimiento se vuelve más difícil. El conductor debe esforzarse más para interpretar lo que ve. Si a eso se suma una ciudad saturada de estímulos luminosos, pantallas, focos, avisos publicitarios o reflejos, la tarea se completa aún más. El ojo no distingue entre lo relevante y lo irrelevante por sí solo. Requiere atención, y la atención es limitada.

Aquí aparece un punto crítico. La saturación visual no es solo un problema estético o urbano. Es un problema cognitivo. Cada estímulo compite por la mirada. Cada cartel, cada luz, cada imagen busca captar atención. Pero mientras más elementos se compiten, más se fragmenta la percepción. El conductor debe dividir sus recursos entre múltiples focos, y en esa división, la detección del peligro puede retrasarse. No porque el conductor esté descuidado, sino porque el entorno exige demasiado.

A este escenario se suma otro factor menos visible, pero igualmente relevante, la fatiga visual. Estudios experimentales con conducción simulada han mostrado que, a medida que pasan los minutos, el sistema atencional comienza a deteriorarse. Este deterioro puede medirse a través de indicadores como el diámetro pupilar o la tasa de parpadeo. Son señales sutiles, pero reveladoras. El ojo no solo mira, también expresa el esfuerzo que implica mirar. Lo interesante es que este proceso no siempre es consciente. El conductor puede sentir que sigue atento, pero su capacidad de respuesta ya no es la misma. El tiempo de reacción aumenta, la discriminación visual disminuye y la carga cognitiva se eleva. Es un desgaste silencioso, acumulativo. Ahora bien, este desgaste no depende únicamente del entorno físico. También depende del comportamiento de otros conductores. Cuando en la vía circulan personas que no respetan normas básicas, que cambian de pista sin señalizar, que frenan de manera abrupta o que invaden espacios, el sistema visual debe adaptarse a un entorno más impredecible. La conducción deja de ser una tarea relativamente estable y se transforma en un ejercicio constante de vigilancia.

Este punto es clave. La percepción del movimiento, que ya es exigente en condiciones normales, se vuelve aún más demandante cuando los patrones de circulación son erráticos. El conductor no solo debe detectar objetos, debe anticipar conductas. Y anticipar implica procesar más información en menos tiempo. Esa exigencia adicional se traduce en mayor estrés visual.

En este contexto, la ciudad contemporánea puede entenderse como un sistema de sobreestimulación. No solo por la cantidad de vehículos, sino por la densidad de información visual que circula en ella. Señales de tránsito, publicidad, iluminación, pantallas, dispositivos móviles, reflejos, sombras, movimientos. Todo ocurre al mismo tiempo. Y el conductor debe ordenar ese caos en fracciones de segundo.

Desde el punto de vista del seguimiento ocular, esto se traduce en patrones más dispersos de mirada, mayor número de fijaciones y movimientos oculares más frecuentes. El ojo se mueve más, pero no necesariamente comprende mejor. Al contrario, puede perder profundidad en el procesamiento de la información. Se mira mucho, pero se integra poco.

Por eso, hablar de estrés al conducir no es exagerado. Es una consecuencia directa de un entorno que exige más de lo que el sistema visual puede procesar cómodamente. Y ese estrés no siempre se manifiesta como una emoción evidente. Muchas veces aparece como cansancio, irritabilidad o dificultad para concentrarse. Es un desgaste que se acumula sin hacer ruido. Reducir este problema no depende solo de mejorar la conducta individual. También implica reparar el entorno. Diseñar ciudades visualmente más limpias, con señaléticas claras, con menor interferencia de estímulos irrelevantes, con iluminación adecuada. También implica promover una conducción más predecible, donde las reglas se respetan no por obligación, sino por comprensión del impacto que tienen en los demás. Conducir es, en el fondo, un acto colectivo. Cada decisión individual afecta la experiencia visual de otros. Cada movimiento inesperado obliga a otro conductor a reorganizar su atención. Cada exceso de estimulación agrega una carga adicional.

Detrás del volante, el estrés visual no nace de un solo factor. Nace del exceso. Del exceso de información, del exceso de movimiento, del exceso de incertidumbre. Y cuando el ojo debe hacerse cargo de todo, comienza a fallar, no por debilidad, sino porque ningún sistema humano está diseñado para operar en saturación permanente. Entender esto no es solo un ejercicio académico. Es una invitación a mirar la conducción de otra manera. No como un acto automático, sino como una tarea compleja que exige condiciones adecuadas. Porque ver bien no siempre depende del ojo. Muchas veces depende del mundo que le ponemos delante.

Alejandro Arros Aravena

Alejandro Arros Aravena Director Depto. de Comunicación Visual UBB